¿Te has detenido a pensar cómo un simple grano puede cargar tanta historia? El frijol es pequeño en tamaño, pero gigante en importancia. Desde la infancia hasta el plato diario, atraviesa fronteras, conecta culturas y, créelo, ¡hasta causa sorpresa en el Reino Unido!
El pasado lunes 10 de febrero se celebró el Día Mundial del Frijol, una fecha instituida por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para resaltar la importancia de esta leguminosa. Mucho más allá de su valor nutricional y económico, el frijol destaca por su versatilidad, accesibilidad y por el fuerte peso cultural que representa.
En Brasil, es protagonista de uno de los platos más emblemáticos: la feijoada, que tiene sus raíces en las senzalas (casas de esclavos), elaborada con partes del cerdo que los señores despreciaban. Con el tiempo, se convirtió en un platillo nacional. Otro clásico es el PF (prato feito), una opción nutritiva y rápida surgida en tiempos de industrialización. Pero hay mucho más: rubacão, tutu, tropeiro, virado, abará, acarajé, feijão con macarrão, en vinagreta, farofas y hasta bolinhos. Antes de todo eso, ya estaba en la dieta de los pueblos indígenas de América Latina, mezclado con harina de mandioca y conocido como “comanda”.
Y esta tradición no se queda solo en Brasil. En México, el frijol acompaña tacos y burritos, a menudo como frijoles refritos. En Costa Rica y Nicaragua, el gallo pinto combina arroz y frijol para un desayuno típico. En el Caribe, platos como rice and peas mezclan frijol, arroz y leche de coco, con influencias africanas e indígenas. En Cuba, el moros y cristianos representa la historia cultural del país al unir arroz blanco y frijoles negros. En la República Dominicana, el moro de habichuelas sigue esa misma línea con sazón local. En Venezuela, el pabellón criollo combina arroz, frijoles negros, carne desmechada y plátano frito, reflejando la fusión de culturas. En Perú, el tacu-tacu mezcla arroz y frijoles sofritos, servido como una especie de panqueque con carnes o mariscos. En Colombia, la famosa bandeja paisa incluye frijol rojo, arroz blanco, carne molida, chicharrón, huevo frito, plátano maduro, arepa y aguacate. En Puerto Rico, el arroz con habichuelas es indispensable en la dieta diaria. Y en Honduras, el casamiento une arroz y frijol con cebolla y especias para formar la base de múltiples comidas.
Los nombres cambian según el país: frijol en México y Centroamérica, poroto en Argentina y Chile, frejol en Perú y Ecuador, habichuela en Colombia y el Caribe, y judía o alubia en España. La diversidad de variedades también es impresionante: carioca, negro, fradinho (de corda), jalo, rajado, blanco, roxinho, rojo, rosinha, manteiga, mulatinho y azuki… cada uno con un papel especial en la cocina local.
Una curiosidad muy latina: la forma de almacenarlo. En Brasil, el frijol suele esconderse en envases de helado. En el resto de América Latina, en potes de mantequilla. El clásico engaño (y frustración) en las cocinas de nuestros hogares.
¿Y el Reino Unido? Ahí el frijol se asoma tímidamente en el British Breakfast, acompañado de salchichas, huevos, tomates, champiñones, pan tostado y... baked beans dulces y marcilla. Sí, ¡dulces! Cada día se venden alrededor de 2,5 millones de latas de estos frijoles. Introducidos desde EE.UU. a finales del siglo XIX, los baked beans se convirtieron en parte de la subcultura británica, presentes en platos como papas fritas, jacket potatoes y meriendas nocturnas.
El frijol es diversidad y unidad al mismo tiempo. Blanco, negro, verde, rojo, marrón, grande o pequeño, está en el centro de la historia culinaria e identitaria de toda América Latina.
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