Inicié mi carrera profesional en Guayaquil, Ecuador, como muchas personas en mi país: estudiaba en la universidad temprano por la mañana, luego iba al trabajo y cerraba el día con clases nocturnas. En aquel entonces, el cuerpo y la energía parecían infinitos. Había espacio para estudiar, trabajar y también para celebrar la vida. Sin saberlo, estaba construyendo una base de disciplina y resiliencia que más tarde me acompañaría mucho más lejos de lo que podía imaginar.
Con el tiempo, fui especializándome en las áreas de mercadeo, retail y tecnología. Es un camino que agradezco profundamente por las oportunidades que abrió, las personas que conocí y el aprendizaje constante que me brindó. Viví una migración tecnológica muy marcada: el adiós a los televisores de pantalla cóncava, la llegada de las pantallas planas con señal digital y, luego, la inclusión de los LCD y plasmas. Las marcas apostaban fuerte por la capacitación y nos mantenían siempre a la vanguardia, para que ese conocimiento se reflejara directamente en los equipos de venta y en los resultados comerciales.
Del nuevo idioma al nuevo marketing en Alemania
Luego llegó otra migración, quizás la más desafiante: cambiar de país. Alemania se convirtió en mi nuevo hogar. Los primeros años los dediqué a aprender el idioma, entender la cultura y construir una nueva identidad profesional. Cuando retomé mi carrera, lo hice en el área de ventas y proyectos, desde un enfoque industrial. Todo era nuevo: productos, soluciones y, sobre todo, plataformas en las que la data se transformaba en el eje central de cada decisión.
Casi siete años después, regresé al marketing. Y ahí entendí algo clave: el mundo no se había detenido mientras yo estaba en pausa. El marketing había evolucionado. Las redes sociales ya no eran un complemento, sino un canal fundamental. Las marcas dejaron de hablar para empezar a conversar. Ya no bastaba con una línea gráfica coherente; ahora el mensaje debía tener propósito, empatía y una historia capaz de conectar. Los algoritmos cambiaban, las herramientas se multiplicaban y la reinvención se volvía constante.
Y aquí llegó el aprendizaje más importante: nunca es tarde para volver a empezar.
Crecer continuamente en marketing siendo latino
Para quienes trabajamos en marketing —especialmente como latinos en el exterior— aprender de forma continua no es una opción, sino una necesidad. Hoy existen plataformas accesibles y poderosas como Coursera, Udemy o LinkedIn Learning, donde es posible explorar desde analítica digital, SEO, performance marketing, automatización e inteligencia artificial, hasta liderazgo y creatividad estratégica.
No importa si vienes del marketing tradicional, de ventas o de otra industria: todo conocimiento suma. Cada curso es una herramienta más para adaptarte, actualizarte y ganar confianza. No tengas miedo de explorar áreas que siempre te han llamado la atención o de volver a estudiar algo desde cero. Reinventarse no es fracasar; es evolucionar.
Nuestro valor como latinos está en la combinación única de creatividad, adaptabilidad y visión multicultural. Si a eso le sumamos formación constante y curiosidad, el crecimiento es inevitable. El mundo sigue girando, las industrias cambian, y nosotros también. Aprender, reaprender y avanzar es, al final, la forma más auténtica de migrar hacia una mejor versión de nosotros mismos.
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