Tu partida es amor

Ya casi es primavera, el aire está frío y ha llovido toda la semana en Phoenix. Excepto hoy: el sol ha salido a jugar. Los niños y yo estamos en el jardín, donde una brisa suave acaricia las ramas de fresno y nogal, y los pájaros cantan animadamente entre los brotes nuevos. El bebé salta sobre un enorme montón de hojas secas, crujiéndolas bajo sus botas de lluvia con estampado de dinosaurios. Luego sale tambaleándose, lanzando hojas al aire con cada paso, hasta que encuentra otro montón y lo hace de nuevo. Me pongo los guantes de jardinería, agarro unas tijeras de podar y empiezo a trabajar.

Las lantanas han crecido demasiado, y el sendero junto a ellas está oculto bajo un revoltijo de hojas secas y flores que brotan en tonos rosados, amarillos y naranjas. Mi hija mayor dice que parecen un atardecer. Son sus favoritas. Mientras los niños juegan, empiezo a cortar las ramas secas, a arrancar las hojas muertas, a hacer espacio para los brotes nuevos que se entrelazan en busca del sol. En cuestión de minutos, ya hay un montón de ramas a mi lado, y poco a poco se empieza a ver más del camino de ladrillos debajo.

Cuando termino, el sol de Arizona está en su punto más alto y siento su calor en la nuca, pero la brisa fresca me da un poco de alivio. Debe ser casi la hora del almuerzo. Miro todo lo que falta por hacer y camino hacia la lantana que crece debajo de la gran ventana del comedor, preguntándome si tendré tiempo de podarla antes de que los niños tengan hambre. Pero antes de que pueda acercarme al enredo de lantanas y petunias, una pequeña mariposa Vanesa de los cardos se posa sobre un racimo de flores amarillas y rosadas. Extiende sus alas y se alimenta del néctar. Le susurro a los niños que vengan a ver. La mariposa se desliza hacia otro racimo, este de un amarillo más intenso, con un toque de rosa en el centro. El bebé me pregunta si puede tocarla, y le susurro que no. La Vanesa de los cardos alza el vuelo, agita sus alas con rapidez y desaparece en el cielo.

Tengo un tatuaje parecido en el hombro: una mariposa con llamas que emergen de sus alas. Me lo hice hace un mes con una amiga que conocí gracias a la amistad de nuestras hijas. Ella organizó un mercado nocturno en su estudio de tatuajes, donde yo monté un puesto de La Cuentapara compartir el trabajo de nuestra publicación, celebrar el lanzamiento del nuevo libro de nuestras fundadoras y hacer una presentación muy discreta de un nuevo proyecto. Entre los diseños de su flash tattoo estaba esta mariposa en llamas. No lo dudé: sentí que estaba destinada a mí.

Esta mariposa en llamas representa mi voluntad ardiente de existir como inmigrante en Estados Unidos, en una época en la que nuestra comunidad está siendo atacada con violencia, en la que nuestros cuerpos y espíritus son blanco de agresión. Cada vez que la veo, me recuerda mi derecho innegable a existir más allá de las fronteras, mi derecho a migrar.

La Vanesa de los cardos es una migrante de largas distancias. Imagino que la que visitó nuestro jardín viajó desde México hasta Arizona, al menos unos 200 o 300 kilómetros, dependiendo de qué parte del país venga. Pero se sabe que pueden recorrer miles de kilómetros, como las mariposas que migran de África al Ártico y de regreso, cubriendo más de 9000 kilómetros. La evolución les ha dado músculos de vuelo altamente eficientes, que les permiten batir sus alas con rapidez durante largos períodos. Sus cuerpos han desarrollado la capacidad de recorrer grandes distancias en busca de alimento y un lugar ideal para reproducirse. La migración es parte de su esencia, de su historia, de su evolución. Pertenecen a una especie que ha habitado la Tierra durante siglos y que ha evolucionado en diferentes partes del mundo.

Esta mariposa es una radical. A diferencia de otras mariposas migratorias que siguen patrones estacionales predecibles, la Vanesa de los cardos no se rige por un calendario fijo. Su viaje depende del clima y de las condiciones ambientales favorables. Migran cuando las circunstancias son adecuadas, y cuando lo son, ocurren migraciones masivas. Su presencia en grandes números indica la salud de los ecosistemas que habitan. Su ir y venir, su partida y su regreso, han asegurado su florecimiento y supervivencia. Se trasladan a donde hay alimento, a donde la tierra les ofrece el entorno perfecto para reproducirse. Van a donde tienen que ir. Es un instinto natural y vital, una necesidad de existir en un lugar donde puedan prosperar. Migrar es como revolotear de flor en flor, bebiendo néctar y polinizando, participando en el ciclo de la vida y la muerte en la Tierra. Irse también es amar.

Nuestra conexión con la naturaleza debería hacernos más fácil entender la migración, el hecho de vivir lejos, de dejar atrás nuestro país en busca de algo distinto. No somos tan diferentes de las siete especies de mariposas migratorias que viajan cada temporada. La Vanesa de los cardos nos enseña sobre el delicado equilibrio de la vida. Todos partimos en busca de algo, con la esperanza de encontrar algo mejor. Y si tú vives en otro país o estás pensando en irte de tu tierra natal, recuerda esto: tu partida es amor.

Irnos siempre ha sido un acto de amor. Amor por nuestras familias, por nosotros mismos, por nuestra gente, por nuestra supervivencia, por el futuro, por nuestros sueños. Y en nuestra partida llevamos ese amor más allá de las fronteras, expresándolo a través de nuestro idioma, nuestra comida, nuestras historias y nuestra esperanza. Somos esenciales en los ecosistemas de las sociedades que habitamos, porque contribuimos con nuestra cultura, con nuestra visión del mundo. Migrar es un acto radical de amor. No es solo un escape o una pérdida, sino un acto natural, necesario, lleno de amor y esperanza. Al igual que la Vanesa de los cardos, nuestras migraciones son sagradas, esenciales e instintivas. Tu partida es amor. Es valentía. Es esperanza. Es un acto radical.

Cuando vuelvo a ocuparme de las plantas, el sol empieza a ponerse. Las ramas secas de la lantana sobresalen del bote de basura; intento empujarlas hacia abajo con mis guantes de jardinería, pero sus espinas atraviesan la tela y se clavan en la piel de mis palmas. Observo las lantanas, las petunias, la planta araña, la platanera y la agave cola de zorro para asegurarme de que todo esté en orden antes de entrar a bañar a los niños y prepararlos para dormir. El camino alrededor de ellas es visible ahora, y me siento satisfecha con mi trabajo.

El sol comienza a ocultarse en el horizonte. Aún siento el calor de sus últimos rayos sobre mi tatuaje de mariposa. Me pregunto cuándo fue la última vez que le puse protector solar. Desde que me lo hice, lo cuido con esmero. Los primeros días, al retirar el vendaje, lo unté con el ungüento verde y espeso que me dio mi amiga tatuadora. Lo apliqué con delicadeza, dos veces al día, hasta que la piel dejó de pelarse. Durante un mes entero, no dejé que el sol lo tocara. Y ahora, cuando recibe demasiada luz, me preocupa que la tinta negra se desvanezca o que mi piel se lastime. Le aplico protector solar, lo cubro con una manga.

Cuido mi tatuaje porque es un símbolo de mi migración. Ser inmigrante mexicana, ser latina, es peligroso en Estados Unidos. Esta parte de mí necesita cuidados adicionales. Y aunque la identidad, la etnicidad, la pertenencia, no son cosas tangibles, intento encontrar maneras de cuidar estos fragmentos de mí que se sienten expuestos y vulnerables. Así que cuido mi mariposa.

Cuida tú también tu alma migrante. Allá donde estés, honra las partes de ti que dejaste atrás, las que encontraste en el camino, las que recolectaste aquí. Porque somos mariposas. Y nuestra partida es amor.

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