Eunice Paiva y “Ainda Estou Aqui” – Seguimos Aquí y las Mujeres en las Dictaduras Latinoamericanas

“Ainda Estou Aqui” (Walter Salles, 2024) es un éxito de taquilla que va más allá de la pantalla, generando debates tanto en cafés como en congresos académicos. La película reavivó discusiones dentro y fuera de Brasil, uniendo a un país plural y dividido en torno a una dolorosa conexión histórica: las dictaduras militares que marcaron América Latina en la segunda mitad del siglo XX, extendiéndose hasta 1990. Este período, conocido como los años de plomo, estuvo marcado por el autoritarismo, las violaciones de derechos humanos, persecuciones políticas y censura —pero también por una intensa resistencia cultural, donde el arte se convirtió en antídoto y en voz. Con cicatrices que aún hoy resuenan en traumas, desapariciones y una constante negación por parte de algunos sectores, Ainda Estou Aqui ha sacado a la luz este capítulo cruel de nuestra historia. La película ha sido especialmente significativa para las nuevas generaciones, inspirando conversaciones en redes sociales y rescatando la memoria de figuras como Eunice Paiva (interpretada magistralmente por Fernanda Torres). Además de visibilizar a mujeres públicas, rinde homenaje a las muchas anónimas que vivieron bajo la sombra de tiempos tan oscuros.

Eunice Paiva fue una abogada y activista por los derechos humanos que se destacó en la lucha contra la dictadura militar en Brasil, además de ser madre de cinco hijos. Sus derechos políticos fueron revocados y fue encarcelada por 12 días en el DOI-Codi, uno de los principales centros de represión del régimen. Tras su liberación, emprendió una búsqueda incansable por su esposo Rubens Paiva, desaparecido político, denunciando sin descanso los crímenes de la dictadura, aunque jamás obtuvo respuestas verdaderas. Su firme postura contra el régimen puso en riesgo tanto su vida como la de sus hijos, que vivieron bajo vigilancia constante. Además, lideró campañas por la apertura de los archivos de víctimas de la dictadura y trabajó como abogada defendiendo los derechos de los pueblos indígenas frente a la violencia y el despojo territorial. Eunice falleció en 2018 a los 86 años, víctima de Alzheimer, pero su legado de justicia y memoria sigue más vivo que nunca.

Muchas mujeres brasileñas se organizaron de diversas maneras para resistir: desde clubes de madres, asociaciones y comunidades eclesiales de base, hasta movimientos por el costo de vida o el derecho a las guarderías. Desafiando los roles tradicionales de género, participaron activamente en movimientos estudiantiles, partidos y sindicatos. Algunas incluso tomaron las armas —aunque en menor número que los hombres— y fueron duramente reprimidas. Pero, sobre todo, fueron ellas quienes iniciaron el movimiento por la amnistía.

En Argentina, destacan las Madres de Plaza de Mayo, quienes, durante la dictadura (1976-1983), salieron a las calles en busca de sus hijos desaparecidos por el régimen. Se enfrentaron al Estado, a los militares e incluso a la Iglesia, exigiendo respuestas. El icónico pañuelo blanco en sus cabezas —símbolo de los pañales de sus hijos— se convirtió en emblema de esta lucha. Su fundadora, Azucena Villaflor, fue secuestrada y asesinada en 1977.

Ese mismo año surgieron las Abuelas de Plaza de Mayo, madres de desaparecidas embarazadas, cuyos nietos nacieron en centros clandestinos y fueron apropiados por represores. En 1995, nació el colectivo HIJOS (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), integrado por descendientes de desaparecidos y exiliados, quienes siguen luchando por memoria, verdad y justicia.

En Bolivia, entre 1964 y 1982, Domitila Chungara se convirtió en símbolo de resistencia. Organizó a cientos de amas de casa mineras tras ser torturada embarazada, lo que causó la pérdida de su hijo. En 1977, inició una huelga de hambre que inspiró a miles y terminó por tumbar al gobierno dictatorial de Hugo Bánzer.

En Chile (1973-1990), la literatura femenina floreció durante los años 80 como respuesta a la represión. Las mujeres escritoras, con nuevas propuestas estéticas, reescribieron el papel femenino en la cultura nacional. En 1987, el Primer Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana marcó un hito, impulsando aún más la producción de voces femeninas.

En Paraguay, aunque aún poco visible, destaca Julia Ozorio, autora de Una rosa y mil soldados, quien relata cómo fue secuestrada y violada por el régimen de Alfredo Stroessner a los 12 años. Muchas otras niñas fueron víctimas de redes de abuso sistemático en harenes organizados por el dictador y sus aliados.

En Uruguay, el 30 de julio de 1971, un túnel en la prisión de Cabildo permitió la mayor fuga organizada de un presidio femenino: 38 mujeres escaparon. Aunque muchas fueron recapturadas, este episodio fue borrado de la memoria oficial por décadas. Fue impulsado por el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, un grupo de izquierda que luchaba por justicia social.

Aunque México vivió su dictadura antes, entre 1910 y 1917, las Soldaderas —campesinas, mestizas e indígenas— jugaron un papel crucial en la Revolución Mexicana. Adoptaban identidades masculinas por miedo a abusos o para ser tomadas en serio. Actuaron como enfermeras, espías, contrabandistas, líderes militares y cuidadoras, desafiando el orden patriarcal de la época. Muchas fueron secuestradas, pero su lucha dejó huella en la historia. En la Venezuela actual, surge una nueva figura: María Corina Machado, líder de la oposición. En medio de una profunda crisis política y social, su presencia representa una posibilidad de futuro liderado por una mujer, en un país que aún enfrenta enormes desafíos democráticos.


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