La maternidad transforma a la mujer —y solo entendemos verdaderamente ese cambio cuando nos convertimos en madres. Son experiencias nuevas, hormonas del posparto en una auténtica montaña rusa emocional y un cotidiano de un mundo acelerado y estresante que, en mi opinión, ayudan a explicar por qué las madres se convierten en algunos de los seres más complejos —y muchas veces, inexplicables— del planeta.
Ser madre ya es, por sí solo, un desafío monumental. Ahora imagina vivirlo a los 40 años, en un país cuyo idioma no es el tuyo, sin red de apoyo y tratando de entender un sistema educativo muy distinto al que conociste. Sí… esa soy yo, viviendo la maternidad en el extranjero y redescubriendo mi rol cada día.
El choque cultural en la educación infantil británica
Cuando me mudé al Reino Unido, ser madre aún no estaba en mis planes. Gracias a mi formación académica en Brasil, conseguí un empleo en una nursery (guardería), donde mi principal foco era trabajar con toddlers (niños de 1 a 3 años). Fue allí donde entré en contacto con un universo educativo bastante distinto al que conocía.
En el Reino Unido, las nurseries siguen las directrices del Early Years Foundation Stage (EYFS), el marco que orienta el desarrollo y aprendizaje de los niños pequeños, de cero a cinco años. Al conocer este sistema, algo me llamó la atención: cuánto se fomenta la autonomía desde edades muy tempranas.
En la práctica, esto aparecía en las pequeñas cosas del día a día. Niños explorando los alimentos con sus propias manos —algo que, para muchas madres brasileñas, todavía genera cierta preocupación, especialmente cuando se piensa en el riesgo de atragantamiento, incluso con la popularización del baby-led weaning (BLW).
Entre la limpieza brasileña y el barro británico
También existe un contraste cultural sobre lo que significa “cuidar”. En Brasil, muchas veces un niño limpio es visto como señal de cuidado y bienestar. En el Reino Unido, en cambio, un niño sucio de comida, pintura o barro suele interpretarse como alguien que exploró, jugó y vivió intensamente su día.
Aquí aprendí que “no existe mal tiempo, solo ropa inadecuada”. Ver a los pequeños con impermeables y botas de agua (wellies) saltando en charcos bajo un cielo gris fue un choque para quien creció bajo el sol de Brasil. Pero pronto entendí que esa libertad de explorar, sin importar el clima, es un pilar central de la crianza en Europa.
También era común fomentar la independencia en tareas simples, como intentar ponerse los zapatos o el abrigo, o ayudar a guardar los juguetes. El proceso no siempre era rápido —y muchas veces era caótico—, pero formaba parte de un aprendizaje intencional sobre la autoconfianza.
De educadora escéptica a madre practicante
En aquel momento, observaba todo esto con ojos de educadora. Confieso que, al principio, algunas situaciones me incomodaban. Hubo veces en las que vi niños intentando comer solos y sentí ganas de intervenir. Pero se nos orientaba a esperar —a permitir que el niño desarrollara la habilidad por sí mismo—. Y yo me preguntaba: ¿qué pensará la madre al saber esto?
Con el tiempo, descubrí que muchas familias también promovían esa autonomía en casa. No se trataba de descuido, sino de una forma distinta de entender el desarrollo infantil. Era, sobre todo, una diferencia cultural profunda. Lo que no sabía es que esas vivencias terminarían transformando mi propia maternidad.
Cuando me convertí en madre, esas escenas en la nursery volvieron con fuerza. Claro que no todo funciona perfectamente en la vida real. Los niños tienen voluntad propia y muchas veces simplemente no quieren comer solos. Aun así, esos dos años dentro del sistema británico cambiaron mi perspectiva. Ya no era solo Daniela, madre brasileña; era la inmigrante que había aprendido a tomar lo mejor de ambas culturas.
La autonomía como estrategia de supervivencia
Hoy intento unir lo mejor de ambos mundos: el calor y el afecto brasileño con la autonomía británica. Mi hijo, Léo, explora el mundo con sus propios ojos y manos cada día. Procuro dejarlo intentar resolver pequeños desafíos antes de ofrecer ayuda.
En realidad, esta también fue una forma que encontré, como madre sin red de apoyo y con un marido que trabaja fuera todo el día, de lidiar con el agotamiento. Darle más autonomía a Léo hizo que situaciones simples —como la icónica ida al baño— se volvieran más livianas. Él se siente seguro en su entorno y no necesita seguirme por toda la casa.
Como no vivimos en un mundo perfecto, enfrentamos dificultades. Su resistencia a comer solo es una de ellas. Aunque muchos niños de casi dos años ya dominan esa habilidad, él todavía prefiere mi ayuda. En esos momentos, necesito recordar que cada niño tiene su propio ritmo, y que la adaptación cultural también aplica a los pequeños.
Criar a un hijo en otro país nos hace repensar todas nuestras referencias. Hoy entiendo que fomentar la autonomía no es dejar al niño solo, sino confiar en su capacidad de crecer.
En la maternidad migrante, mientras los hijos descubren el mundo, nosotras también resignificamos la infancia y nuestro papel en ese proceso. ¿Y tú? Si estuvieras criando a un hijo en otro país, ¿qué mantendrías de tu cultura y qué estarías dispuesta a aprender de nuevo?
Porque vivir en el extranjero es más ligero cuando no estamos solas.
La maternidad en el extranjero puede ser solitaria, pero no tiene por qué vivirse así.
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