Me llamo Anna Ferreira. Soy brasileña, de Minas Gerais, y llevo muchos años viviendo fuera de Brasil. Mi historia como migrante empezó pronto, cuando cambié mi carrera en Administración Hotelera y Turismo por un trabajo en ventas globales en el sector de la hostelería en Dubái, Emiratos Árabes Unidos.
Pasé once años en la región de SWANA. Utilizo estas siglas a propósito — en español, Sudoeste Asiático y Norte de África — como una manera de nombrar ese territorio sin recurrir a la mirada turbia del colonialismo. Allí formé parte de equipos multiculturales, viajé sin parar por todo el mundo y gestioné carteras de millones de euros. En el mundo corporativo aprendí muchísimo, pero llega un momento en que generar beneficios para los accionistas se queda corto. Fue entonces cuando me convertí en coordinadora y formadora global y me di cuenta de que lo que de verdad me movía era conectar con la gente, no solo venderle.
Entre continentes e imprevistos: el impacto de llegar a Europa en plena pandemia
La empresa me abrió puertas en Australia, Estados Unidos, Indonesia y España. Yo elegí Europa. Aterricé en Palma de Mallorca el 9 de marzo de 2020, cuatro días antes del confinamiento. La idea era quedarme en un hotel unas semanas; al final pasé cuatro meses en un Airbnb con una maleta, mientras todas mis cosas estaban en un contenedor. Fue un comienzo duro, que me enseñó a lidiar con lo inesperado y a desprenderme de las cosas. Cuando por fin llegaron mis pertenencias, doné casi todo. El minimalismo vino sin avisar, pero se quedó.
Llegué con un visado de profesional altamente cualificada. Ese visado no está al alcance de cualquiera: exige titulación, justificación, experiencia demostrable y un salario mínimo fijado por ley que pocas personas migrantes pueden negociar. Reconocerlo no anula mi esfuerzo, pero me obliga a ver a quienes no tuvieron las mismas puertas abiertas.
Cuando migrar también es aprender a navegar sistemas, fronteras y burocracias
Sé que para mucha gente la vía irregular o venir a/quedarse en Europa como cónyuge no es solo una opción, sino a veces la única salida ante unas fronteras que se cierran de forma selectiva. España es una pesadilla burocrática para todo el mundo, pero atravesar este laberinto me obligó a aprenderme la ley, los tipos de visado, los derechos. Ese conocimiento, que ahora comparto con otras personas migrantes, nació de la necesidad de sobrevivirlo.
Reinicios forzados y la construcción de un camino propio
En 2021, con una reestructuración en la empresa, me llegó una propuesta para empezar de cero en Irlanda. Fue un empujón que me obligó a decidir: irme o crear mi propio camino. Decidí quedarme en la isla. Tuve que rehacer mi situación por mi cuenta, desvincular mi visado de la empresa y conseguir uno propio. Fue un proceso muy duro, incierto y estresante, pero también el momento en que me reinventé profesionalmente y busqué otro sector.
Hice un MBA en la Universidad de São Paulo, y en 2024 conseguí la nacionalidad española, sin renunciar a la brasileña. En el MBA estudié las empresas B Corp y me acerqué a eso que llaman el sector 2.5, ese espacio donde se encuentran el emprendimiento, el impacto social y la colaboración.
Del mundo corporativo al impacto social: trabajo, propósito y migración
Ahora trabajo como consultora, intérprete y facilitadora intercultural. Pero donde pongo la energía de verdad es en el tercer sector. Fundé y presido OGA – Opportunities for Grassroots Actionuna ONG de proyectos de la Mayoría Global que apoya iniciativas de justicia lingüística y social, pueblos indígenas y mujeres, equidad, diversidad, sostenibilidad, regeneración, colectivo LGTBIQAPN+, lucha contra la pobreza menstrual, personas migrantes en situación vulnerable y acciones relacionadas con Palestina, entre otras.
Apoyar a mujeres migrantes es el corazón de mi trabajo. Muchas llegan aquí sin red, sin información, y necesitan ayuda para organizar papeles, acceder a derechos y encontrar caminos seguros. Mi trayectoria me ha situado, en muchos contextos, fuera de la norma: mujer, profesional, independiente. Eso me ha obligado a construir mis propios atajos. Pero también he aprendido que mi historia no es universal. Reconocer los privilegios que he tenido me mueve a intentar abrir puertas a quienes se enfrentan a barreras diferentes.
Viviendo entre culturas y construyendo puentes posibles
Hoy vivo en la intersección entre culturas, idiomas y causas. La experiencia migratoria es compleja, a menudo cruel, pero también revela posibilidades inesperadas. He aprendido que, incluso en la incertidumbre, surgen oportunidades para reinventarse y para fortalecer a quien se anima a buscar nuevos caminos.
Si te resuena alguna parte de esta historia o quieres intercambiar ideas sobre cómo construir puentes más justos entre territorios y culturas, escríbeme. Podemos quedar para un café virtual.
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