La primera vez que vine a Valencia no conocía absolutamente a nadie. No tenía una cafetería favorita, un supermercado de confianza y no podía salir a la calle sin usar google maps. Todo era nuevo: las conversaciones en la calle sonaban distinto, las rutinas eran otras y hasta hacer la compra era nuevo. Venía a estudiar y, si todo salía bien, tres años después volvería a Guatemala con un título. Ese era el plan.
Nunca pensé demasiado en lo que venía después porque, para mí, migrar tenía una fecha de inicio y una fecha de final. Llegar era el objetivo. Graduarme era lo siguiente. Lo demás ya encontraría la manera de resolverse. Cuatro años después, me doy cuenta de que estaba completamente equivocada.
Migrar nunca fue el momento de subir a un avión. Tampoco el de aterrizar en otro país. Migrar ha sido una serie de pequeñas despedidas y nuevos comienzos que siguen ocurriendo mucho después de que las maletas dejan de estar abiertas en el cuarto.
A veces, un nuevo camino comienza con una despedida
La primera vez que entendí eso fue incluso antes de llegar a España.
Durante mi último año de colegio estaba convencida de que estudiar diseño de moda en Italia. Aprendí italiano, armé una página de Instagram donde publicaba prendas hechas con ropa de segunda mano, diseñé colecciones completas y apliqué a distintas universidades. Me aceptaron en cinco.
Recuerdo perfectamente el día en que llegó el último correo. Mi mamá estaba sentada viendo la tele cuando vi la notificación en mi teléfono. Era la mejor oferta de todas: una beca que hacía el sueño mucho más posible que antes.
Caminé hasta la sala llorando. No de felicidad. Si no porque sabía que seguía sin ser suficiente. Mis papás no podían pagar lo que faltaba y, después de meses imaginando esa vida, tuve que rechazar una por una las cinco universidades que me habían aceptado.
Cuando el plan cambia de rumbo
Como plan B me había inscrito en una universidad para estudiar diseño de modas en Guatemala. Fui a la orientación, conocí las instalaciones, nos dieron una sudadera con el logo de la universidad y los profesores nos dieron la bienvenida.
Todo estaba bien. No había nada objetivamente malo. Simplemente no sentí que ese fuera mi lugar.
Ese mismo fin de semana me apareció en Instagram un anuncio de LABA Valencia. Apliqué casi por impulso. Y así fue como el día antes de empezar clases en Guatemala cancelé mi inscripción.
Pocas semanas después estaba haciendo otro tipo de trámites.
Recuerdo ese verano como una larga espera. Las clases estaban por empezar y yo todavía no sabía si podría viajar.
Mi mamá llamaba a la embajada una y otra vez mientras yo intentaba convencerme de que todo iba a salir bien
El día que por fin respondieron corrimos a recoger la visa antes de que cerraran. Cuando salimos de la embajada nos abrazamos, gritamos y lloramos en plena calle.
En ese momento pensé que la parte difícil había terminado.
Cuando Valencia dejó de ser solo un lugar
Pensé que lo complicado era llegar.
Meses después mis papás me regalaron un viaje para pasar Navidad con ellos. Mi tarjeta de residencia todavía no estaba lista y nadie sabía decirme con certeza si podía salir de España y volver a entrar.
Otra vez los correos. Otra vez las llamadas. Otra vez esperar a que alguien decidiera si podía irme o no.
La autorización llegó apenas a tiempo. No alcancé a pasar Navidad con mi familia, pero sí Año Nuevo.
Recuerdo subir al avión sintiendo alivio, pero también una sensación nueva que no supe nombrar en ese momento.
Era la primera vez que entendía que vivir en otro país no era algo que se resolvía una vez y para siempre.
Siempre había otro documento, otra renovación, otra decisión pendiente.
Con el tiempo, sin embargo, empezaron a cambiar otras cosas.
in darme cuenta dejé de pensar en Valencia como "el lugar donde estudio". Y se convirtió en el lugar donde hago mi vida.
Hoy sé exactamente qué calles recorrer para volver a casa sin usar maps. Tengo lugares a los que regreso porque me gustan, no porque estén cerca de la universidad.
Construí amistades, una rutina y una relación que nunca imaginé que tendría cuando comencé con este sueño.
Sentir que tienes un hogar en dos lugares
Hay una imagen que resume mejor que cualquier otra lo que estos cuatro años han significado para mí.
Cuando viajo a Guatemala me recibe mi familia. Y cuando regreso a Valencia, ahora me recibe él.
Nunca imaginé que algún día tendría a alguien esperándome en ambos lados del viaje.
Y creo que ahí entendí algo que nadie me había contado sobre migrar.
No se trata solamente de dejar un lugar. También se trata de permitir que otro lugar te cambie lo suficiente como para empezar a extrañarlo.
La llegada nunca fue el final
Hoy estoy viviendo una etapa completamente distinta.
Ya terminé la universidad. Ya no estoy aprendiendo cómo funciona el metro o dónde hacer las compras.
Ahora estoy buscando mi primer trabajo como diseñadora mientras intento cambiar mi residencia y construir una vida profesional aquí.
He enviado más de doscientas solicitudes. Trabajé como barista durante unos meses. En enero me despidieron y desde entonces sigo buscando una oportunidad.
Hay días en los que me pregunto si vale la pena seguir insistiendo. Hay otros en los que estoy convencida de que sí. La mayoría de las veces siento las dos cosas al mismo tiempo.
Cuando decidí venir a España pensaba que el mayor reto sería adaptarme. Hoy sé que adaptarse era solo el principio.
Lo realmente difícil y también lo más bonito ha sido descubrir que un lugar puede dejar de ser temporal sin que exista un momento exacto en el que eso ocurra.
No sé cuánto tiempo más viviré en Valencia. No sé dónde estaré dentro de cinco años.
Lo único que sé es que la próxima vez que aterrice aquí ya no sentiré que estoy llegando a un país extranjero.
Sentiré que estoy volviendo a casa.
Porque migrar también es construir una historia, en SOMOS reunimos relatos, guías y herramientas para quienes están viviendo o planeando un nuevo comienzo en Europa. Conoce la comunidad y deja tu sazón en nuestro mapa






